2 de septiembre de 2026
El MoMA, el Museo de Arte Moderno de Nueva York, guarda obras de Van Gogh, Picasso o Frida Kahlo. Y desde 2012, también el Pac-Man. Ese año anunció que incorporaba catorce videojuegos a su colección, y se armó un buen debate: ¿un videojuego puede estar en un museo de arte?
Entre ellos estaban clásicos como Pac-Man (1980), Tetris (1984), SimCity 2000, Los Sims o Portal. Después llegaron otros, como Pong, Space Invaders o Minecraft. No están colgados en la pared: se exponen para que el público pueda jugarlos.
La comisaria Paola Antonelli los añadió a la colección de diseño, junto a sillas, carteles o el primer ordenador Macintosh. Para el museo, un videojuego es diseño de interacción: alguien ha pensado cómo se ve, cómo suena, cómo se mueve y, sobre todo, cómo responde cuando juegas. Los eligieron por la elegancia de esas decisiones, no por sus gráficos.
Uno de los más famosos de la lista tiene una historia curiosa. Tetris lo creó en 1984 Aleksei Pázhitnov, un investigador de un centro científico de Moscú, en un ordenador soviético sin apenas gráficos. Unos años después llegó a la consola portátil Game Boy y se convirtió en uno de los videojuegos más vendidos de la historia. Su diseño es tan sencillo y perfecto que casi no ha cambiado en cuarenta años.
No todo el mundo estuvo de acuerdo. El crítico Jonathan Jones escribió en el periódico británico The Guardian un artículo titulado «Lo siento, MoMA: los videojuegos no son arte». Su argumento: una obra de arte expresa la visión de un artista, y en un juego es el jugador quien decide qué pasa.
¿Tú qué opinas? Antes de responder, piensa en algo: hace un siglo, mucha gente decía que la fotografía o el cine tampoco eran arte. Y hoy los dos tienen sus propios museos.
Game Boy original (1989). Foto: Evan-Amos · Dominio público · Wikimedia Commons
Publicado en FundamentosArtísticos.com · Blog de recursos de arte para ESO y Bachillerato