19 de octubre de 2026
En el techo de la Capilla Sixtina, en el panel conocido como La creación de Adán, Miguel Ángel pintó a Dios envuelto en una nube de ángeles y un manto rojo. Millones de visitantes han mirado esa forma durante casi 500 años sin reparar en algo que un médico de Indiana señaló en 1990: el contorno del manto coincide, con una precisión incómoda, con un corte transversal del cerebro humano.
Frank Meshberger publicó en la revista Journal of the American Medical Association (JAMA) un artículo en el que superponía la silueta del manto rojo sobre una ilustración anatómica del cerebro. Las coincidencias eran llamativas: el pliegue central del paño sigue la línea que separa los dos hemisferios, el grupo de ángeles amontonados dibuja los surcos y las circunvoluciones de la corteza cerebral, y una pierna que asoma bajo la tela ocupa el lugar exacto de la arteria vertebral. Algunos autores posteriores fueron más lejos: el chal verde de la parte inferior, decían, podría representar el nervio óptico.
La teoría no resulta tan extraña si se conoce la biografía de Miguel Ángel. De joven, con permiso del prior del convento florentino de Santo Spirito, diseccionó decenas de cadáveres para estudiar músculos y huesos, un conocimiento que después aplicó a sus esculturas y pinturas. Esa familiaridad con la anatomía humana es el argumento principal de quienes defienden que el cerebro oculto en el fresco no es casualidad, sino una referencia deliberada, una firma visible solo para quien supiera dónde mirar.
No todos los historiadores del arte están convencidos. Para algunos, ver un cerebro en esa composición es un caso de pareidolia moderna, la tendencia del ojo a encontrar formas familiares en imágenes ambiguas. Lo que no se discute es el efecto que tuvo el artículo de Meshberger: desde 1990, nadie vuelve a mirar La creación de Adán del mismo modo.
Publicado en FundamentosArtísticos.com · Blog de recursos de arte para ESO y Bachillerato