← Volver al blog
Historia del Arte

El azul que valía más que el oro: la historia del ultramar

27 de octubre de 2026

Fíjate en el turbante de La joven de la perla, de Johannes Vermeer. Ese azul tan limpio no salió de un tubo de pintura: salió de una piedra extraída en las montañas de Afganistán, que viajó miles de kilómetros y se molió a mano hasta convertirse en polvo. Durante siglos fue el color más caro que podía comprar un pintor. Se llamaba azul ultramar.

Una piedra de un solo valle

El ultramar se obtenía del lapislázuli, una piedra semipreciosa de un azul profundo. Casi todo el que llegaba a Europa procedía de las minas de Sar-e-Sang, en la región de Badajshán (Afganistán), que se explotan desde hace unos seis mil años. Su nombre lo dice todo: ultramarino significa «de más allá del mar», porque llegaba a Italia en barco desde Oriente.

Más caro que el oro

Moler la piedra no bastaba: el polvo resultante era grisáceo, porque el lapislázuli contiene otros minerales. Hacia el año 1400, el pintor Cennino Cennini explicó en su Libro del arte el laborioso proceso para separar el azul: había que mezclar el polvo con cera, resinas y aceites, amasarlo durante días y después escurrirlo en agua alcalina para que soltara las partículas de color. Las primeras extracciones daban el azul más puro; las últimas, un tono cada vez más pálido. Con tanto trabajo y una materia prima tan lejana, en el Renacimiento el buen ultramar podía costar tanto como el oro, o más. Por eso los contratos de los encargos especificaban qué calidad de azul debía usar el pintor, y por eso se reservaba para lo más importante: el manto de la Virgen.

Pintores que no podían pagarlo

Vermeer fue uno de los pocos que lo usó con generosidad, incluso mezclado en zonas que no parecen azules. Murió en 1675 lleno de deudas. Y en El Santo Entierro de Miguel Ángel, que se conserva inacabado en la National Gallery de Londres, hay una figura sin pintar en primer plano: se cree que el artista estaba esperando el ultramar para terminar el manto de la Virgen, y que nunca llegó a tenerlo.

La química lo hizo barato

En 1824 una sociedad francesa ofreció un premio de 6.000 francos a quien consiguiera fabricar ultramar artificial a un precio razonable. Lo ganó en 1828 el químico Jean-Baptiste Guimet, y casi a la vez lo logró en Alemania Christian Gmelin. Desde entonces, el ultramar francés sintético es uno de los azules más baratos de cualquier caja de pinturas. Y en 1960 el artista Yves Klein registró la fórmula de un aglutinante que mantenía toda la intensidad de ese pigmento: el famoso International Klein Blue, un azul que convirtió en su firma.

La joven de la perla, de Johannes Vermeer (hacia 1665), con el turbante pintado con azul ultramar

Publicado en FundamentosArtísticos.com · Blog de recursos de arte para ESO y Bachillerato